Era uno de esos días soleados que hacen del cielo andaluz un espectáculo en sí mismo. Paseaba por los rincones de Tarifa y saliendo de la calle del Lorito, un nombre que se deberá a alguna anécdota que aún hoy no he logrado averiguar, encontré una deslavazada casa que me impresionó. Su aspecto era triste, con balcones que asemejaban ojos lacrimosos que suplicaban una segunda oportunidad de un esplendor pasado. El cartel descolorido y ya herrumbroso hacía saber que se vendía y algo me hizo grabar en mi móvil “Casa Especial Tarifa”, un poso de lo que se avecinaba.
Dejé pasar unos días dando vueltas en mi atormentada cabeza rondando un sueño que me parecía imposible. La duda no era solo sacar adelante un ilusionante proyecto sino algo mucho más grande: cambiar de vida.
Al hacerlo saber a mi gente, con tímidas alusiones, muchos me señalaron de loca, las más benévolas de soñadora. Mi cerebro dudaba pero mi corazón, testarudo en su inconmensurable sabiduría, insistía: hazlo.
Traté con los vendedores, una familia de Tarifa que me puso rápidamente al día sobre los intríngulis de la casa, sobre secretos que se veían corroborados por documentos y restos de vidas anteriores que habían transcurrido en ese edificio de la Plaza de San Hiscio que todos conocían como la del Perulero.
Hurgando más en la historia de la casa llegué a saber de una leyenda que me puso los pelos de punta. La de una pareja de enamorados, una cristiana y un príncipe musulmán, que fue posible en la siempre tolerante Tarifa. Eso culminó las señales que necesitaba para hacer mío el sitio.
Las obras duraron dos largos años. Nada se dejaba al azar. Los cambios para encontrar el sitio de cada cosa eran constantes y agotaba la paciencia de todas las personas que me acompañaban. Pero sabía el objetivo y yo lo tenía claro: era todo o nada.
En 2006 conseguí abrir las puertas de un sueño del que quería hacer partícipe a todo el mundo porque, como quien cocina en una casa de muchos, algunas cosas se hacen para disfrutarlas acompañados. La Casa de la Favorita fue y es una realidad, querida y deseada, dispuesta a ser del mundo y abierta a quienes estén dispuestos a sucumbir a la sensualidad de un espacio creado con todo mi amor.

Sonia García Siñeriz, Tarifa, Cádiz.