Hace diez años cambié un San Francisco sexy y sofisticado por una remota aldea en Andalucía. Ahora, cada mañana, en vez de caminar a paso ligero por el Lago Stow, camino sin prisa bajo las laderas de las montañas cubiertas de castaños y olivos, rara vez me encuentro con otras personas. Dos escenarios opuestos. Mientras vivía feliz en California, un día dejé mi corazón en Andalucía. Anhelaba volver para reclamarlo y, desde algún lugar, ahora olvidado, me vino la visión de crear un lugar elegante, confortable y en un ambiente único. Imaginaba deliciosas veladas seguidas de maravillosas fiestas que reflejasen aquella generosidad de antaño. A este lugar la gente vendría a contemplar con fascinación ese lugar llamado Andalucía, la verdadera España profunda. Los huéspedes ansiarían conocer esa España tan auténtica y no cualquier parodia pasada por agua. Tenía que ser en un pueblo blanco, en un pueblo antiguo de Andalucía, en ésos en los que la evocación de la arquitectura morisca y el genuino estilo de vida transcurriera en estrechos callejones. Pueblos de los que musulmanes y judíos habían sido expulsados y habían huido cruzando el Estrecho a ciudades del norte de Marruecos como Tetuán. Después de mucho buscar encontré Cartajima. Perfecto. El sitio ideal para construir mi santuario. Esto fue hace diez años, el vigor y el entusiasmo no se han desvanecido. Los Castaños es todo lo que imaginé y más. El aprecio de mis huéspedes hacia este escenario único me impulsa constantemente a mejorar y recrearme. Me encanta lo que hago y estoy tan fascinada con mis huéspedes como ellos los están con Los Castaños y con Cartajima. Una situación idílica, la verdad. Habiendo viajado tanto por el mundo y habiendo vivido en diferentes países, estoy sorprendida de hallarme aquí, tan satisfecha con mi pueblo y con mi hotel. Ellos me dan la plenitud que nada más sabe darme. Estoy deseando daros la bienvenida para que exploréis el sur de España antes de visitar el norte de África, su otra cara de la moneda.

Di Beach, Cartajima, Málaga.